Nuestros cuerpos no pueden hablar de amor, del destino, de lo que han
sido nuestras escasas miradas, la respiración siempre furtiva lléndose
con la noche, con la calle. Al final de la calle donde la ciudad
termina, te detengo. Te detengo y te arrebato de los brazos de la
ausencia. Solo soy el que platica contigo, el que te acompaña: el que
va convirtiendose en un nuevo silencio. La historia empieza ahí,
donde uno tiene ganas de contarla: junto a un zapato o en ti. Las
cosas nunca pueden ir mas lejos de lo que son y en la primer mirada se
borra la calle, la gente. “No me conozco” lo dices, pero ya no
escuchas, ya no miras, de lo que antes eras nada ha quedado. El tiene
sus ojos puestos en ella, pero al igual que yo no espera nada, pronto
llegará la aurora y el lugar una vez mas quedará vacío. Me tocas y
léntamente te vas conviertiendo en mi tristeza. Sabes que nadie tiene
lo que ama, pero no me lo dices, solo dejas hacer sentir tus largos
dedos sobre mi cabello, y se siente como que con uno de ellos acaricias mis labios como
si los delinearas, como si los fueras dibujando y los hicieras
aparecer desde el aire; ahora y para siempre tocas mis labios con tu
boca, tu boca que no es tu boca, la boca que nunca tocaré. Las aguas
se separaron del abismo en el que habian quedado, a este lugar en el
que hoy estoy. Estas. Ahora después de verte me miro sentado en el
sillón junto a la ventana, recogido con el aire de la ausencia, en esa
distancia que me aleja pero no me separa plénamente de lo que soy. Un
instante es suficiente para detenernos, permanecer sentados y
abandonados. La magia irradiscente de un rayo de luz transparente tu
cara, tu cuerpo, como un daguerrotipo, te va dejando en una imagen
pálida, perdida, lejos de las sensaciones que te han animado, del
corazón que te mantiene viva. La tierra, la inmensa curvatura, el
globo en el azul oceano gira dejandonos caer llevandose la luna a uno
de los lados; el sol es tan grande que ni siquiera podemos abarcarlo,
nos hemos convertido en un destello, en un brillo al que no quiero
acercar mi mano. Cierro los ojos y te sigo viendo, y, sin tocarte,
toco tu rostro y paso mis dedos en el, acariciándolo. Me detengo y
veo tus parpados abrirse. Hablas.
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