days before you came

Fui a la biblioteca el día que me lo dijeron.

Era otoño, creo… Aunque no estaba seguro. La canción de los pájaros era melancólica y tenía un complejo hueco de abandono en pleno invierno. Los colores bien pudieron ser magnolia como castaño rojizo y carbón vegetal así como carmesí- honestamente, no me acuerdo. Estaba perdido en mi mente, en medio de anagramas.

“Eres mi corazón, mi vida, mi solo y único pensamiento… Mi única, mi vida, mi corazón, mi todo y tu eres mi pensamiento, mi corazón, mi vida, mía, eres mía.”

Pongo esas palabras de diferentes maneras sobre la larga caminata, pero no les pude cambiar el tiempo. Quitarte del presente no era convincente. Era como destruir energía en la cara de Einstein. Y tú no te podrías haber ido si hubiera recordado el afecto de tu risa, escuchar esos tonos en mi mente. Así como tampoco te podrías haber ido con todo lo que había que conocíamos. Estabas guardada en el santuario interno de mi mente. Y yo, yo podía conjurarte con las cosas que anotaba cuando te ibas. Y por la manera en que conservé todo lo que siempre me diste. Y por como besaba las lágrimas de tus mejillas aunque las limpiases.

Aún así no te pude encontrar.

El otro día estaba en la habitación entre las espinas rasgadas de novelas empolvadas que me hicieron saber que amo cada hueso de tu vértebra. Fueron las puntas de mis dedos las que trazaron cartas doradas y me di cuenta de que es cada delicada curva de como nos conocíamos, cada pulgada de este soñoliento cuarto de mil historias.

‘Esta en el profundo respirar antes de la caída,’ leímos en ese entonces. Amábamos ese.

Pero no podía respirar del todo después de que me dieron las noticias. Estaba moviéndome estúpidamente, pensando muchos pensamientos y enredando cuellos de botellas en mi garganta. En lo que acomodé los libros, tirándolos a mis pies, inútiles de procesar las palabras, buscando. Encontré una máquina rota agitándose y arrastrándose, tropezándose y tambaleándose. Frenética. Por horas. Perdida en verbos y tiempos, en polvo y tiempos. Hasta manos y voces sacudiéndose.

Lanzo una mirada escurridiza y alcanzo a leer la carta que te escribí.

Dejé que el océano se cayera de mis ojos, sentí el cielo chocando como las olas sobre mi cabeza, su peso sobre mi cuello, mis costillas, presionando duro hacia mi alma.

Dejé las palabras detrás de mi cabeza cargando un cerebro compactado en dos dimensiones y trataré de no hacer un clichè cuando diga que las estrellas no brillaban en mi camino de regreso a casa. Porque la verdad yo sé que cuando solíamos estar de mano en mano y mirábamos al cielo, era el verdadero sentimiento de tu mano en mi mano y el verdadero sentir de mirar al cielo, era el sentimiento de tu mano en la mía, y los blancos de tus ojos que brillaban. Mucho mas fuerte que cualquiera de las galaxias.

Fui a la biblioteca el día que me lo dijeron. Ahora, acuesto mi cabeza con un deseo insípido por tomar una siesta sin sueños que me arrastren y sin un silencio pavoroso del inminente frío de la mañana. Tomé una pluma y escribí;

‘Desearía que supieras que has sido el último sueño de mi alma.’

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