Crimson

Ella estaba sentada sobre una banca en un parque. La banca era pequeña, de madera, pintada café, y baja. Su sentar, su buena figura, junto con sus manos que descansaban sobre la banca a ambos sus lados, tomaban la mitad de su longitud. Ella pudo haber parecido triste, una foto que muchos hubieran cortado de la realidad y llamado “soledad en un parque del temprano otoño”. Aún así habían cosas que mirar, cosas que adivinar y cosas que preguntarse! Soledad? Ella se centía como una célula de un organismo montañoso; ella podía estudiar las otras células y su fuente jamás faltaba.

Aquí pasó un hombre, joven y saludable – que ella conocía por los colores de su rostro. Labios rojos intensamente contra una complexión cercanamente pálida – fue seducida instantáneamente. Hubo calor, rápidamente corriéndose de sus mejillas, hacia abajo, y se imaginó que eran esos labios rubís los que liberaban el calor a lo que sea que tocaran – incluso más abajo. El hombre atrapó su mirada. Su boca temblaba desdeñosamente, entonces rápidamente recobró su expresión previa. No lo hubiera dejado mostrar, ella sabía, pero la primera impresión que ella tuvo sobre él parpadeó sobre su rostro como un pájarillo volando a través de un espejo. Sus sentimientos eran planos a ver y a él no le gustaban. Él pensó que su manera superficial de sentarse sola sobre una banca en un parque solo para atraer la atención, para que alguien llene el vacío de su vida.

Un gorrión encogió los hombros en el arbusto al lado de la banca, entonces otro y otro.
Los gorriones eran criaturas grises que nadie notaba. Aún así cuanta vida había dentro del árbol gracias a los gorriones! La planta se movía cuando las aves lo hacían, hablaba y susurraba cuando lo conducían. Debajo del arbusto un ejercito de margaritas habían diseminado sus petalos blancos.

El calor se había desvanecido de sus mejillas, su estómago y su pubis; ¿cuándo?, ni cuenta se dió. Ahora parecía pero un sueño, no había prueba para confirmar que en efecto existió.

El hombre había pasado sin siquiera darle una segunda mirada, porque el pensó que ella solo buscaba atención. De hecho, dulce fue su sabor, pero, ¿Cuándo desgusto de la atención por última vez? Ella había estado muy ocupada para recordarlo; con esta mujer volteando a ver el árbol al otro lado del callejón – ella dió una mirada muy curiosa. Había una ardilla sentada sobre una rama, encima mirando hacía abajo a la dama. Se estaban esmigrando? Cada uno volteaba al ojo del otro implacablemente. Entonces la ardilla saltó de regreso a su hueco, como si la dama hubiera dado el último espadazo.

Acaso ella podría encontrar uno que jamás viera el mundo por un hoyo? Y acaso podría estar con uno que no lo hace? Ya había tratado. En cualquier caso, besar a una persona por la que ella no sentía ningún afecto no lo valía. Ella sabía la diferencia; de hecho, ella nunca caería por alguien que aceptara los ojos de cerradura.

¿Cuántos habían puesto atención a los pétalos de las margaritas? Se acuestan sobre el suelo en una capa que la hizo pensar de un niño que las había acomodado muy cautelosamente.

Abandonó el edificio y se sintió tan fuerte como si hubiera despertado en la muerte bajo un cielo prendido por la luz de las estrellas. La oscuridad se había transformado en una alfombra brillante y densa con puntos iluminosos. Ella podía oler la nieve, su aroma crudo y a la vez sutil; ella lo escuchó hacer crack debajo a sus zapatos. Ella adoraba la luna, las estrellas. Ella amaba al mundo. Pensar en la inmensidad mas allá de la alfombra era estimulante.

Figuras, encoravadas debido al frío, vagan por allí. Que similares eran, el color de sus abrigos oscurecidos por la noche, narices rojas prominentes en rostros cubiertos por gorras a la mitad. En el invierno la gente se enterraba profundamente en sus ropas; uno nunca veía sus pensamientos, y en el invierno ni siquiera sus facciones. Tomó una vuelta a la izquierda. Sobre una colina miniatura cinco niños estaban teniendo una batalla con bolas de nieve; eran tres niños y dos niñas. Sus bufandas los correteaban al aire mientras corrían. Allí! una bola golpeó a una de las niñas, una bella de cabello oscuro, muy lacio, directo a la cabeza. Los otros cuatro niños se detuvieron; la niña estaba apunto de llorar? No, se rió – reacomodando su bufanda justamente donde pertenecía – fue a jugar. Mejillas coloreadas a cereza volaron a la nieve.

Alguien había arrojado un dulce naranja sobre el suelo. Un triángulo perfecto, lo habían presionado suavemente en la nieve con el pie de alguien mas. Detrás de ella habían cerezas brincando en medio de la blancura; aquí había otra, acomodada sobre la punta del pastel gigante. Ella caminó sobre el pastel.

Entonces allí había un perro revolcándose en los residuos de cartón que había sido escupidos de un contenedor de recliclaje. Los residuos estaban sucios y enpolvados, pero ella sonrió. El perro ni siquiera se molestó. Había alguien mirándola en ese momento? Que haría uno de su expresión? Se encontró a si misma interesante, particularmente ya que nunca había tenido la oportunidad de observarse a si misma, siempre estuvo observando al mundo. El perro la consideró brevemente pero siguió revolcándose.

Se deslizó lentamente sobre algo mientras ascendió los escalones dirigiéndola fuera de la estación del subterraneo. La gente pasaba apurada; ella se dió la vuelta. Era un folleto púrpura, pisado por un sin fin de botas, aún así no considerado por nadie. Ella prefirió verlo; tanto del mundo como sea posible, o sino no hubiera visto cerezas en la cima de pasteles. Habían muchos; uno solo necesitado para alcanzar.

El césped era verde otra vez. las cortadoras de césped tarareaban alrededor de ella mientras observaba a la gente parada a esperar el autobús. Había un adolescente malabareando su pelota blanca y negra sin cometer un solo error; sus ojos parecían contraerse cada vez que la pelota tocaba un zapato. Junto a él estaba una mujer de edad media que tenía miedo de que se arruinará su nuevo abrigo. Atinándole a la pelota, ella disparó flechas viciosas desde sus párpados cerrados a la mitad. Detrás del muchacho y de la mujer había un pasto hermoso; alguien lo había podado recientemente, dejando pedazos de pasto decapitado que ya había perdido su color. Una muchacha estaba sentada ahí, el humo de su cigarro se estrechaba lentamente en el delgado eje de luz que se empujaba entre dos edificios. Le cayó bien a la primer mirada.

La muchacha tenía una guitarra negra, con un cierre ajustado. Las uñas de sus manos eran cortas y pintadas de negro y rojo, sus manos esbeltas, muy femeninas, ágiles. Ningunas otras manos podían rascar las cuerdas con mas gracia. Sus labios tenían buena forma y eran tentadores. ¿Cómo se sentirán sus besos? Su ropa: limpia y no excesivamente original. La muchacha tenía un brillo especial en sus ojos. Le cayó bien por eso, en una manera negativa: la muchacha se quedaría sin hablar o sin al menos murmurar una palabra. Ella supo eso porque ni siquiera le devolvió el vistazo.

¿Quién mas había visto a la muchacha como ella? ¿Su percepción de la muchacha pudo ser un regalo? ¿Y la muchacha lo apreciaría? Ella quería hablar con ella acerca de sus hermosos y artísticos labios; ella tenía ganas de escucharla tocar la guitarra.

Un enorme nido de pájaros voló cerca de un techo con una sinfonía caotica de llamados. Ella vió esa vida que vuela encima, tenía unas centenas, probablemente un millar. Por un segundo, ella voló a su lado. Entonces fue cuando la volteó a ver la mujer del abrigo. Finalmente la vió pero ya era muy tarde, ella estaba ocupada admirando las bellas manos, la guitarra y esos labios irresistibles, y ahora con las aves.

Bancas vacías le daban la bienvenida a unos pocos estudiantes que venían a su lectura usual. El sol afuera era muy atractivo. Ella se sentó en una de las líneas al frente, susceptible al escrutinio del lector, pero disfrutaba una silla mas cómoda – las que estaban hasta atrás eran mas duras. En lo que se sentó ahí y esperaba para que la lectura comenzara, sintió un vestido de sueño lentamente haciéndose domicilio en su cabeza. El aire era cálido; el viento estaba en otro lugar; nadie hablaba. El mismo vestido los envolvió, su peso es insubstancial, su olor, sabor y su toque de fantasma. Aún así, su presencia era palpable. Ella miró sobre su hombro. Las tres muchachas sentadas detrás de ella – una con un cuello largo y sensual – miró a la puerta; el muchacho de hasta atrás trató de cubrir su boca mientras bostezaba y sus ojos se volvieran líquidos; las dos muchachas junto a él se daban vistazos la una a la otra cada cuando y después, como si compartieran un misterio embarazoso que apenas habían descubierto.

La lectura llegó. Ni joven ni vieja, él levantó las ventajas de los dos en una combinación que ella encontró atractiva. Ejerció un número de diferentes sonrisas con los cuales marcó sus palabras o sus frases durante su lectura. Ella dificilmente podía creer cuantos significados pudo haber obtenido de una simple palabra con la ayuda de esto o de la sonrisa.

El viento apareció, derramando las ramas colgantes del sauce llorante justo delante a la ventana. El sol, la madre, acarició el árbol sin la mas mínima señal de cansancio. No habían nubes; la sobrecarga de la cúpula azul parecía cargada con “azulnes”. Debajo, el vestido se sintió mas opresivo con cada segundo que pasaba. Pero no, ahí habían pájaros de nuevo; ellos volaron sobre el aire sin esfuerzo alguno, como pollitos brincando alegremente desde una semilal hacia la otra. Mariposas rojas se revoloteaban a lo largo de las hojas del sauce, habían tantas de ellas! Y las ojas – de una sola mirada las podía ver a todas – en sus cientos de miles. Cada una diferente, esto siendo mordido por insectos, esa curva; este plano, ese más verde que el otro. Incluso aunque dolieran los ojos, ella no empezó a dimitir de la imagen; no miró a otro lado. ¿Verdaderamente le dolió? No, fue ecstasy.

¿Porqué era el césped rojo? ¿Y qué era esa mancha roja en el cielo? Todo comenzó como una parodia del sol, entonces se regó, más y más, hasta que contaminó una vasta parte del firmamento con su forma irregular. Las mariposas, un enjambre. ¿El viento se las llevó en su abrazo?

La voz del lector era extrañamente vacía en lo que dijo, “Tus ojos estan sangrando.”
Giró su cabeza, pero la mancha roja se había robado cada rostro, cada pared, cada esquina. Había un chillido, o el de ella, o el de alguien mas. Sus ojos reventaron en una nube carmesí.

Ella había aprendido a escuchar el mundo.

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