Desde luego, no he dormido nada. Entre Facebook, las sombras en el suelo, y las lágrimas. Además de otras cuantas ambigüedades que probablemente estoy evitando mencionar. Parecería que todo se me ocurre cuando el sol se esconde.

Sin otra excusa, me levanté de la cama y me preparé un café como lo hago ahora: dos cucharadas de café y una de azúcar. Eso y agua caliente; muy caliente. Tan caliente que, combinada con mi torpeza innata, quemó mi mano y la puso roja. Hice como la rata vieja: me puse pomada y me amarré un trapito. Fue entonces cuando me pregunté, ¿En qué momento pasó que dejé de llorarle a mi mamá por una insignificancia así? ¿Cómo es que dejé de gritarle a mi mamá para que me ayudara en el baño? ¿Desde cuándo puedo tener una conversación sobre política con mi papá en un nivel relativamente similar? ¿Cuándo bajé la voz para llorar, cambiando los gritos por sollozos detrás de la puerta? Todas las preguntas. Ninguna respuesta, excepto tal vez por un suspiro o dos.

Un sorbo de café y recuerdo una conversación que ya es cliché entre mis amigos: nos hemos convertido en los tan populares “señores qué”. El café es sin leche; las pláticas son cada vez más sobre casualidades y el clima, y menos sobre sexo y el color de la piel del negro; amistad significa cosas completamente diferentes a lo que significaba hace dos años. Y así podría continuar.

El hecho es que no nos damos cuenta, sólo pasa. El hecho es también que ni si quiera sabemos qué es realmente. Pero sí sabemos que está ahí, lo sentimos, lo vivimos. Y hay que aceptarlo. Arrancar al Peter Pan del alma y dejarlo volar. Aunque sea necesario guardar en secreto su sombra en el bolsillo. Porque sabemos que a veces se va la luz, y necesitamos sentir miedo.

Por otro lado, es hora de que deje de hablar en plural cuando me refiero a mí mismo. Es una mala costumbre que adquirí últimamente. Ese miedo a estar solo en situaciones que no me gustan. En fin. Aún tengo una taza de café por acabar.