Esperaba a mi mamá, sentado en la cocina de la casa, ahí donde pasé mi infancia en compañía de fantasmas y adultos que me aman.

Pensé en el cuadro que representábamos. Pensé en la foto del bebé con corbata que mi mamá tiene en una caja de fotos. Me sentí pequeño. Luego me sentí adulto. Mi cuerpo se disolvió en recuerdos y se transformó en nostalgia. Ahí estaba yo, hecho una nostalgia desde mi cabello de hoy-no-me-peiné, hasta mis converse sucios. Cómo pasa el tiempo cuando no le prestamos atención. Cómo olvidamos esos rincones del mundo en el que aprendimos a ser. En donde nos aman realmente. Cómo los abandonamos para buscar el amor falso que inventamos y no existe. Cuando ha estado ahí todo el tiempo.

Crecimos con los Beatles diciéndonos al oído que el amor es la clave. Y con maniacos vendedores, rellenos de ambición y sin espacio para la caridad, que aprovechan esto y nos vendieron la idea errónea en diferentes formas, colores y sabores. Aprendieron a restregarse en nuestros sentidos. Y lo peor es que los compramos. Porque todos defendemos a nuestras marcas con alguna excusa hasta cierto punto. “Es que saben cómo usar los colores”, “es que la música”, “es que la idea que te ofrece”, “es que en cierta forma es arte”. Patrañas.

El verdadero amor no se compra. No se busca. No se crea. El amor llega, existe, se queda o se extingue. Y no hablo del amor que nos ha enseñado James Cameron desde Titanic. Hablo del amor que se genera en las lágrimas de nuestras mamás adoloridas al vernos por primera vez. A las manos temblorosas de nuestros papás asustados al cargarnos en sus brazos. Al calor que se siente en ese espacio entre la boca del estómago y el pecho cuando tu tía o tu abuela te toman de la mano. A tu perro lamiéndote la cara. A ese beso. A esa mirada. Al frío que te quema por primera vez cuando alguien se va. Ese remolino tan similar a las náuseas que juramos no sentir nunca más, y que llamamos corazón roto. Nada de eso se compra. Porque existe dentro. Y no se puede etiquetar. De lo que hablo ahora es, precisamente eso. Y sin eso nada existe, porque es la razón. El amor es la causa, la razón y la consecuencia. Y es así como vengo a descubrir que al final, los Beatles no andaban tan errados.

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