La mañana brota.

Fragmentos se dipersan como hojas en el aire, tranquilamente, muy tranquilamente. Dos manos que buscan fe fuera de la ventana, pero la sombra que dejaste queda como vacío de la luz – y más importante aún, como un vacío de ti. Me acuesto y escucho el sonido de la ciudad durmiente creciendo cada vez más; mientras, espero por tu sombra, para ponerme al corriente con el resto de ti, silbando por la puerta sellada…
En mi mente, trazo un mapa del viaje – un beso suávemente se desliza sobre mi frente, un eco de la nevera abriéndose y cerrándose llega, antes de que todo lo que queda de ti se pierda en las calles.

Ninguna alarma me despertó esta mañana, me despertó el goteo del grifo que olvidaste cerrar bien, como siempre lo haces. Me levanto de la cama y me arrastro a cerrarla, como siempre lo hago. Nos perdemos por unos minutos, como siempre lo hacemos, y comienzo a oler las sábanas que dejaste, como juro que nunca hago.

Y nos sentamos, tu sombra y yo, desayunando pan francés en silencio en lo que la mañana se va a la deriva como lluvia en el contorno del horizonte.