Algunas cosas en la vida no pueden ser reemplazadas.

Este es el himno golpeando los pulsos de aquellos que lamentan las estrellas fugaces que han venido y se han ido, que se aferran al polvo estelar de los cometas tan calientes como para quedarse en esta tierra de polvo y tierra. Esta es la canción que los lirios tararean cuando el anochecer cae y el suelo se mueve por el zumbido de un centenar de corazones rogándole al unísono; es lo que los campos de trigo lloran cuando las ausencias son aparentes y las bocas desesperádamente le rezan a las almohadas a la mitad de la noche. Esta es la verdad de la que uno se entera cuando la mañana siguiente el oro del sol golpea el cielo para puntear la belleza de los sueños de regreso a la realidad, para darle cara al espacio vacío que alguna vez estuvo ocupado por vida sobrefluyendo.

Algunas cosas en la vida no pueden ser reemplazadas.

Algunas cosas son muy preciosas como para ser creadas dos veces, en lugar, están hechas para celebrarnos por la belleza tan única de ellas. Algunas risas no pueden ser recreadas o imitadas o personificadas, ni siquiera por la garganta de plata del sinsonte. Algunas almas son el cometa Halley de nuestra generación, muy salvajes para ser contenidas, muy orgullosas para ser detenidas. Son las conchas del mar enterradas en patrones de coral y marfil, son los verticilos de la marea subiendo a la marca de su estigma sobre las orillas de concreto de nuestras vidas. Son los parpadeos simultaneos del fuego y del hielo, la libertad de corazones empapados, tan bellos como para ser categorizados.

Son los espíritus que por siempre son jóvenes y salvajes – temerarios y estables, ilimitados y desenfrenados. Mesteños impetuosos con la medialuna en sus amaneceres mientras palpitan los páramos; convertibles clásicos coleando en las esquinas con la música a todo volumen. Corazones indomables anclados en la familia y los amigos, llamas abiertas regando luz sobre las sombras más oscuras. Son las contradicciones de lo inexplicable, la belleza y la gracia siendo demasiado todo como para que las entendamos.

Son estas las cosas que hemos sido permitidos y bendecidos por tocar, conocer, sentir; son estas cosas las que extrañamos cuando se van. Estas explosiones de color y canción, estos amores enroscados en platino que son irremplazables, invaluables, incomprensibles. Son estos corazones tan fuertes como para ser detenidos, los que nos dejan fríos en su despertar aunque su calidez persista alrededor de nosotros. Quedamos marcados por su presencia, para siempre cambiados por su existencia. Forjados por su influencia en nuestras vidas, endurecidos y resueltos por su ejemplo. Lamentamos su ausencia, nos dolemos por la pérdida, pero la llama se queda prendida en nosotros. Nos calentamos un poco con su recuerdo, y recordamos, siempre recordamos, que mientras hayan cosas que nunca van a poder ser reemplazadas – su corazón, calor, su pasión, todas estas cosas siguen viviendo: una estrella del norte para guiarnos a casa una vez más.