door

Doy presión a mis mejillas hacia la ventana y por un momento, en lo único que me puedo concentrar es en el patrón en el que mi respiración juega con el vidrio. Es una emoción simple y un pensamiento simple y la manera en que mis pulmones colapsan para forzar el aire de entre medio de mis labios lastimados es suficiente para empaparme en el resto de mis pensamientos como una esponja seca en el agua. La voz de la persona a mi izquierda mantequilla y terciopelo, deslizándose en el aire – una y cada sílaba buscando por el espacio entre nosotros como si fuese a encontrar un lugar en dónde descansar, como si cada momento suspendido en el aire pudieran alzar un lugar al cuál llamar “hogar”.

Muevo mi mejilla con renuencia, delineándome en otro lugar lejos del frío cristal de la ventana y ahora le cedo mis ojos nublados y desorientados. No son nada más que colores; espuma del mar y cascajo, mis ojos llegando a la concentración para profundizar el índigo. Me recuerdo pensando sobre el mismo color. Es un juego que siempre he querido jugar; encontrar colores de palabras como si pudiera pintar un lienzo con pigmentos goteantes y encontrar el complot entre los matices fusionándose y las sombras sangrando.

Muevo mis manos a mi regazo y deseo por el momento en que estuvieran manchadas con pastel y acrílico. Enrosco mis dedos hacia ellosa mismos cuando me doy cuenta que son limpios, que las uñas son como la cresta lunar de las manos de un infante; suaves y rosa virgen. No son manos de arte pero más como las manos de un hospital – limpias y estériles, el hedor del desinfectante punzando la carne tierna debajo de cada uña. Yo suspiro.

Así es entonces, que me doy cuenta que han continuado a hablar – su voz zumbando como las abejas en el verano y con incluso mas renuencia que la que jalo del vidrio, me desenredo de mis pensamientos. Están borrosos hasta la esquina de mi vista y parpadeo demasiadas veces. Una, dos, tres y finalmente jalo los detalles desde la nublada piscina de tinta y color. “El tiempo?” repiten, y la manera en que suben su voz al final, deja una pequeña duda de que la pregunta ya ha sido preguntada. Guiño y me concentro en las lineas entre sus cejas. La administración como la huella de un pájaro.
Estresado, me quedo dudando, e imagino los pequeños detalles y matices que ellos consideran estrés; La billetera delgada y las relaciones deshilachadas y la constante búsqueda de un propósito – los terrores de la vida; las alegrías, yo pienso.

“Necesitan todo eso?” – Respondo repéntinamente, abrúptamente, las palabras haciendo erupsión en mi lengua como agua de geyser – instantáneamente, me doy cuenta que es una pregunta estúpida, ellos parpadean de nuevo, confundidos, dudosos, irritados – emociones chasqueando en sus ojos como cartas que lei en times square cuando tenía 10 y era pendejo. Puedo deducir que no quieren que vuelva a hacer preguntas – que las palabras están pegadas entre sus dientes – y por un momento, me encuentro creyendo que no dirán nada. Que simplemente permitirán a la conversación morir para caerse en medio de nosotros, y del resto.
Creo que tengo mala suerte.

Ellos hablan y yo respondo y el tren continúa rolando por los campos. Me pongo a dudar por el momento y a reflexionar una vez que puedo sentir las preguntas quemándome la garganta y el reloj yendo más rápido en contra de mi muñeca antes de dar tiempo y hundirme de regreso a la ventana. El sol sale desde una inclinación del puente, tocando mis poros como las teclas de un piano. “Estás enfermo?” me preguntan y las palabras caen como agua de mar, hinchadas como si se hubieran estado hundiendo en el oceando con sus pensamientos por horas.

No respondo y dejo la pregunta toser en el tablaje del espacio que nos separa. Me pregunto a cuántas preguntas anegadas estaré dándoles la cara – mala gana y curiosidad mórbida, un niño de 5 años tocándole el estómago a una rana con un palo de dos pies. Gentilmente y minucioso. Dispuesto a investigar dentro del mismo, pero incluso más dispuesto a ir sin saber. No es la primera, creo, y aunque no espero por más de lo mismo, no puedo hacerme relucir algo de esperanza por esperar que sea la última. Porfavor, rezo contra el respaldo de mi garganta, por favor, deja que haya un momento donde no tenga que estresarme y estar incómodo, con ojos fisgones.

Cuando finalmente les doy la cara, puedo sentir la palidez en mis mejillas y me concentro en el castaño de su cabello, la manera en que cae en el partido. el color de hogar, creo, aunque ya no tengo hogar y nunca encontraré refugio aquí. “No estoy seguro de lo que quieres decir.” voltean sus cabezas, de nuevo, vuelvo a ver el momento, desadjuntado, como una película muda en la que se recitan las palabras sin señal. Espero por un momento en el que traigan algo de comfort, que encontraré casa en la manera en que mueven sus labios pero cuando hablan otra vez, lo único que escucho nuévamente es el zumbido de las abejas, los apáticos soidos de las tardes de agosto. Encuentro decepción y consuelo y me volteo a ver la vista provocante del rio que estamos cruzando.

No les contesto; a ellos con los ojos llenos de tinta y la sombra de amor y el color de hogar, y ellos, como los demás, se levantan – mudándose y caminando entre multitudes del resto del mundo tan fácil como desadjuntados del mundo. No los lamento, y no me doy cuenta hasta que el tren se detiene y recojo mis cosas. Muevo mis manos de nuevo hacia mis mismas manos antes de ponerlas en mis bolsillos, caminando hacia el sol brillante y las multitudes. El reloj sigue dando vueltas en contra de mi muñeca y pude contarlos con cada paso. En mi mente, el numero es finito – cada click silencioso causando embolias involuntarias en mis dedos.

El sol da la vuelta y la brisa despierta por el moment, y por ese momento, ya no cuento – respiro.
Por un segundo pienso en el color de casa y sueño que estoy ahí aunque todavía tengo que llegar.

Toco mi mejilla y suspiro; quizás, hoy, lo esté.