El ambiente está seco y mis músculos se duelen, tengo lo necesario para escribir libros de saudade, tengo la pluma del gorrión, el tintero del vacío y las hojas viejas caídas sobre la silueta de mi sombra. El silencio de una guitarra muerta; un reloj que se detuvo en la precisa hora de la ausencia y este cuerpo que me sobra; esa puerta ya se cerró.  Ya comienza esta canción vaga que recorre mi interior y estos labios resecos que no pueden pronunciarla. Es algo tan hondo en la entraña, ¿Qué es este día sino mi vigilia? Tras tu sombra y al agrío fin con el mundo que conozco, el cual camina sin alba del todo. Tengo lo suficiente para derrarmarme al piso pero ya no me quedan lágrimas. En esta tarde de invierno decembrino estoy quemándome en palabras que no han nacido. Las siento, sin cuerpo, en hebras descosidas de la ausencia. Tiritan las estrellas y tirita mi cuerpo azul con ellas. El romero mece la distancia que grita el contrapunto del silbido de este tren que desgarra mis tímpanos. Me faltas.

Cuando despierto mil bocas acechan sobre mis labios arrojados hacia un costado de la luna por que a veces bajan, a veces suben y a veces ni siquiera salen. Es un esfuerzo en vano, en vano de una soledad geométrica de artistas asquerosos y silencios de cuatro tiempos; de sueños en forma perpendicular entreabiertos. Ya así se vuelve todo, me confundo con los perfiles de los demás y el tiempo que parece interminable, también está entreabierto creando rupturas entre si mismo y el espacio. Me he convertido en una caja rellena de aire; un punto perdido en la esperanza convergente y un globo que se desinfla antes de que pueda tocar el cielo, único barco de madera rechinando a la niebla de las tierras distantes.

Sólo soy un corazón abierto sin ti. Una melancolía de luces apagadas en el fugaz reflejo de lo que solía ser… Una melancolía de voz muda por el agua cuyo rumor se derrama en mi tejado en el turno vespertino. Una melancolía sin senderos donde mis pies atacan soledades del barro, donde mi respiración es sólo una nota muda. Las noches se me van turbias y nerviosas con las vagas esperanzas de un mejor mañana.

En la ausencia se me hace eterno el cielo y sin alas; los pájaros únicamente confirman el silencio de relojes que no suenan a ninguna hora, a veces en las que estás. El sol es un hueco tan vacío y los ojos me lloran hacia dentro creando lagunas de calma excesiva. El día en que decidas irte no habrá prisa porque yo voy a tener todo el tiempo para nada y sólo apuraré el nudo que fue canción feliz en esta boca. Me convertí en niño que va tras un hada, y si mi alma tan solo pudiese abrirse, como mi piel cuando se enferma, este infierno no acabaría por ganar la guerra. Volvería el sonido de esta guitarra muerta bostezando desdentadamente y muerta de locura.

Sin Dios no hay rosas, como no hay luz sin sol, ni sol sin frío. Aleteo moribundo en una aurora que colma la canción de este silencio. No me acostumbro a amanecer, no me acostumbro a vivir con sombras de entes pasados, que son fábrica de luces y silencios. Indefinible y triste ahora el firmamento que me cubre. Me vas a dejar anticipando la meta y los racimos de asaltos de un corazón que en su vastedad gris y agrío. Suele perderse al tacto de lo absurdo y vuelve a morir en cada suspiro. Uno que no sabe que hacer con sus mañanas y que se ausenta de si mismo. Uno tan necio y obstinado que odia compartirle sus profundidades al mundo y se guarda todo. Un corazón que precisa de las letras, un corazón vagabundo que precisa de ti y no al contrario porque me derrumbo ante el tamaño sobrenatural de ti.

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