Pálidos mis labios irrigan la sangre en mi lengua. En el callejón, un recuerdo a puro un frescor inesperado. Tiemblo. La saliva me sabe a lluvia, a hielo derretido. Busco la línea que define todo claramente, la que tuerce en tan particular mueca donde mi deseo se desliza. Pruebo por fin esa emboscada.
Recuerdos de una sonrisa, ahora vacía sin reflejo. Palabras sin significado y sin aire. Me quedo y por eso solo. Giro la mirada y no hay nada. Realmente ya no hay nada.

Estoy censurando todos mis impulsos para no escupir el corazón al suelo, mientras los mares se rompen en mis ojos. Seguiré escribiendo a escondidas en el borde de la estantería hasta quedar muñeco de porcelana, y que me den el último empujón al suelo. Para volverme simples letras deslavadas sin rastro alguno mio. Mi orilla ha quedado vacía, sin oleaje sin vida

Pero sean todos perennes; que revienten, que se fundan en flores y primaveras, en sonrisas y deshojos, los días, los pasos….

Suave. Sutil.
Mi impulso fugaz.
Enero plantado en la esquina.

He vuelto.

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