Los cuerpos no pueden hablar del amor, del destino, de lo que han sido las escasas miradas en la vigilia. La respiración siempre furtiva se esfuma con la noche, con la calle. Justo en el final de esa calle dónde la ciudad termina, quedas detenido. Detenido y arrebatado a los brazos de la ausencia. Sólo es quien platica contigo, quien te acompaña: el que va convirtiéndose en novedad simple del silencio.

Así, la historia empieza ahí: En donde uno tiene ganas de contarla. Junto a un zapato, o en ti. Las cosas nunca pueden ir más lejos de lo que son y en la primer mirada se borra la calle, la gente. “No me conozco” digo a veces, pero ya no escucho, ya no miro, de lo que antes era nada ha quedado. El tiene sus ojos puestos en ella pero al igual que yo, no espera nada… Pronto llegará la aurora y el lugar quedará siempre oro, sin ser imitación. Con melancolia pero sin nostalgia. A mí ya me gastó la espera, abandono el no obstante, el aún, el a pesar de todo, las moratorias, las disculpas y los exculpantes. Cedo mi puesto. Yo ya no defiendo esta torre cuarteada y en silencio, espero el acontecimiento.

El cielo en su vastedad es oscuro, los autos son inertes en la calle, mientras mis ojos se llenan de cansancio y se cierran dejando la extraña sensación de haberte perdido sin haberlo hecho. Esta noche he invocado a todas las potencias, nadie acudió a mi llamado. Desertaron mi sombra, los recuerdos. Sabes que nadie tiene lo que ama, pero no lo conscientizas, sólo dejas hacer sentir tus largos dedos sobre mi cabello, y se siente como que con uno de ellos acaricias mis labios como si los delinearas, como si los fueras dibujando y los hicieras aparecer desde el aire; ahora y para siempre tocas mis labios con tu boca. Las aguas se han separado del abismo en el que estaban a este lugar en el que hoy estoy. Estás. Ahora después de verte me miro sentado a la ventana, recogido en el sillón con el aire de la ausencia, en esa distancia que me aleja pero no me separa plenamente de lo que soy.

Siempre me pregunto si duermes, dormir es tan metafórico como la palabra vida, el absurdo intento de morir cada noche y todos los días. Yo no duermo, dormir es como perder una y otra vez mientras el tiempo se me escapa como el agua.

Un instante es suficiente para detenernos, permanecer sentados y abandonados. Donde la magia irradesciente de un rayo de luz transparente inaugura un reinado dichoso, dejando mi cuerpo como un daguerrotipo, en una imagen pálida, perdida, lejos de las sensaciones que han desanimado a este corazón que me mantiene vivo. La tierra; la inmensa curvatura, el globo en el azul oceáno gira dejándonos abandonados, llevándose la luna a uno de los lados. Todo agua soy, cuál líquido flotante en hibernación, nutrido por el tablón de electricidad y me ha dejado convertido en un destello al que no quiero acercar mi mano. Abro los ojos y te sigo viendo, y sin tocarte, toco tu rostro y paso mis dedos en él. Me detengo y veo tus párpados abrirse. Hablas.

hún birtist mér... hún er allt sem ég vil, það er ekkert rangt... sárin saman... já, þau gróa