Sonríeme en las fotografías, ánima azul. El taciturno me observa desde atrás del espejo con una masa de color escarlata en el pecho. Estoy seguro que con cada respiración subo de peso y me arraigo aún más en la ensenada. Su boca abierta refleja un vacío oscuro y sus gritos de terror me perforan los tímpanos como estalagmitas de hielo negro. Traté de alcanzar el cielo pero las nubes no me dejaron pasar por las pruebas de lo irrecuperable, fui negado.

Negado como un sueño por la alarma de la mañana. Todo caído regreso a la normalidad con los ojos cerrados repitiendo movimientos automáticos para recoger todos los meses esparcidos en el suelo. Pareciendo que por más que camino no avanzo sigo en frente con mis piernas lánguidas, mi cuerpo cortado y con mi vida siempre dando lucha por disfrutar los pedazos de cielo que bañan la luz encima de mí.

Al menos ya no ronco cuando el espacio se duerme por toda la crianza en brujería. Te veo a través de mi boca, aún siendo signos cardiovasculares lo que nos vincula, pequeños caminitos de brasas encriptados en un sueño categórico.
La violencia de la realidad me enreda y me pega a esta calle sin piso pero con pisos. Aunque estreche la mano mi madre ya no me va a revivir el pasado. Sin embargo parece de las pocas soluciones a este futuro insostenible. Lentamente deduzco que para sobrevivir es necesario afilar los cuchillos. Me formo una lágrima de conciencia y logro invocar a lo que todo perdona.

A los cuerpos les extirpan parte de su humanidad. El frenesí, la ira, la angustia y la ansiedad son el único combustible consumista que ahora sostiene este vasto y despreciable mundo. Qué no te suene a excusa que las placas madre están haciendo el amor para resolver el problema sacudiéndose el lomo para destruir ciudades que se transforman en casas de muñecas.

Es tan irónico como un espantapájaros que come calabazas junto a cuervos que comen ojos. Mares que escupen montañas porque a la luna se le ocurrió comerse al sol y el cielo, creando nuevos aires para bostezar atardeceres rosados en ciudades enfermizas.

Tristemente, así son las cosas por diseño: Llenas de agujeros, dolor y violencia. Pero con un poco de fe y con la peor de las mentiras conocerás una luz tan profunda que es guerra a todo incendio interno; pero es sólo parte del ciclo, de su amor ensordecedor. Un recital tan viejo que es el rey del sonido. No hay libertad gratis, estamos todos cegados. Pero entre más nos silencian, la ola de ruido se hace más grande con un peso cada vez más destructivo que ya está por venir, para al fin ser el argot de un silencio que los hará a todos condenarse a la inopia. Como un árbol muerto con aires de perplejidad.

Las flores madrugarán cuando se oculte el sol y el entendimiento quedará trastornado. La oscuridad iluminará el vacío, los lagrimales retorcidos ya no podrán llorar, ni estaremos vulnerados por la angustia que trae el rechazo de las manos. Me estremezco con todas las pequeñas analogías que van creando realidades inmensas y aún no puedo ver la luz romper las nubes. Leyenda del inmenso mar, beso al reflejo. Avatar del ser y no estar. Eliseo de flores marchitas. Sexo y amor. Sangre y suerte. Fantasmas expiatorios y augurios de muerte. Estoy a dieciocho segundos del amanecer. Hoy y siempre… Aprendiendo a no temerle al inevitable final…

Gracias sol.

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