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Media tarde frente al mar en contextos bastante curiosos, en mi antítesis de todo lo que debe ser es un cielo nublado de “marejada”, como lo llaman los del puerto. Toda la mañana una llovizna petit que empaña la vista. El mar, cansado, apenas agita un poco. Suaves olas. Su mano maternal ha olvidado colores, mezclando la paleta entera ha conseguido un agua de enjuagar pinceles.
La ausencia de brisa provoca que el calor aumente. La humedad de todo y en todo se despierta.
 
Me tumbo al mar, me suelto y floto. Cierra lo ojos. Su amante le respira al oído. Le entrega un sonido. Unos latidos. Aire dentro del mar. Me parece música, me calma ese sonido a sol, a risa. Nunca antes he escuchado algo similar. De pronto el mar es violeta y sabe dulce. Su oleaje tiene un ritmo nuevo. Este mar música sabe a guijarros que arrastra el río, a gotas de lluvia, a palmas alegres y piel mestiza. La polifonía de todo lo bueno.
 
Floto a merced de esa corriente que regala este mar. Mi respiración me envuelve.
 
Inhalo. Exhalo. Agua dentro y agua fuera.
Todo agua soy… Y allá voy mar adentro.