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Siento el desatino y la inutilidad de esta falta de progreso. Encaprichado con la vida e indispuesto al dar pasos al frente, lento me desvanezco y desanimado de todas las cosas que hacían ver la importancia de subsistir. Mi sentido de supervivencia completamente nulificado por una sombra de niebla que llena mis ojos de frustración. Conmigo mismo.

Soy relevo en la misma carrera sin destino y voy en zig zag chocando contra los obstáculos que me tienen en el mismo pozo dónde estoy encerrado a una tonelada de lodo bajo tierra. El barro no acabará por carcomer lo poco que queda y no existe mano que me jale del inconveniente mental que consume día con día la alegría transformándola en una tristeza del indefinible firmamento. Este infierno acabará por ganar mi guerra y y yo sutilmente me doy por vencido a la falta de ánimos por parte del público espectador. La guía que tenía dejó de existir y se desvaneció en algún punto de la nada que habita este universo en alguna dimensión.

Me he vuelto péndulo que se inclina en las mismas posiciones una y otra vez. Soy fracaso si redondeamos lo señalado y sería diferente de tener los ánimos que alguien me diera, los cuales no pueden existir porque nadie habla y nadie contesta.

El intercambio de sentimientos ya no es posible, en cada intento llega la inesperada casualidad del silencio. Las cosas como eran ya no son y he de regresar a la máscara de alegre hipócrita, al inexpresivo que se guarda hasta lo que más le agobia, no por la falta de un oído que escuche, sino por la falta de una boca ahora incapaz de expresar amor. La cuál simplemente destella indiferencia, bien merecida porque soy indiscutiblemente alguien que por más que se esfuerza, por más que renuncia al mundo y por más que ama, alguien que no merece nada porque soy el inconveniente y el culpable de cada situación desfavorable.

Así que boca muda, fragilidad inexpresada, los problemas guardados en este pecho que es bodega y, quizás, muera de un infarto alguno de estos días.