Me siento culpable a veces de ser inquisitivo en mi repetición diaria, pero es que no me sobre pongo a ello; simplemente pasa. Pero aún se que tengo una chispa de sobriedad encima que me permite obedecer a ciertas reglas que mantienen tu interés.

El confeti; la metáfora de los abrazos; abrazos que yo no he querido que terminen, por esos recuerdos lastimeros que por las noches con café y cigarros me gustaría olvidar… Cumpleaños de corazones amarrados con serpentinas y soplidos de lobos, lobos buenos a los que les gusta leer de reojo porque se distraen con humanitos.

Le di sorbos a una taza de café y me guardé bajo la colcha azul “a ver a quien veo” y con los ojos cerrados marco en mi calendario los lunes siguientes, donde espero que el sol salga del lado correcto y así evitar estos dolores de cabeza qué me detienen el suspiro; donde todo se ha ido guardando; en los pulmones, haciéndome lucir insomne.

Y de mi, de mi ni hay que hablar qué todo esto me hace sentir una persona mala, una que no sabe manipular sus emociones y a pesar de un sórdido silencio, tartamudea la coherencia y por últimos momentos giro en círculos.
Después de soñar que duermo, no despierto y te sigo viendo en lapsos de epilepsia, qué me dan comezón entre un revuelo de ideas y futuros en hojas blancas con tintes de cercanía y eternidad, el tiempo en suspensión. Un secreto a voces es cuando te sueño, no te asustes si exploto rojo.

Las distancias son pequeñas más allá del horizonte en dónde jamás he podido ocultar mi corazón. Te confieso amor sin rodeos ahora que todo es más perfecto, si esperamos juntos mareas altas bajarán, seamos uno y con un beso azul, el agua se convierte en sal, tu favorita. Eres cada día de mi vida.