Ahorita me siento liberado del miedo, del temor muy mío de lo que pudiera venir. A veces no soy fuerte; pero el cariño que te tengo si es muy fuerte, grande y no se acaba. Es como un árbol que ha enraizado mucho en esa tierra que
eres tú y de la cual parece muy imposible desprenderme ya. Y porque eres
así, como la tierra, buena y hermosa, por eso no podré olvidarte ni separarme de ti jamás.

Pasarán las peores cosas, los peores días y también los ratos en los que uno se siente muy infortunado, pero tú siempre estás allí como la luna en la noche, acabando con las malas impresiones del día. Tú siempre y en cada instante estás ahí, permaneces siempre conmigo.

Nunca tengas temor a que yo me pueda ir, ya te llevo aquí, honda y cuidadosamente guardada, en
el lugar donde repiten, el lugar que todos dicen que tenemos, el corazón. Y
lucharé por ti; lucharé contra todo, por ti, siempre.

Yo siempre me he sentido miserable, enormemente miserable, como te lo
he dicho varias veces. Mucho, quizás por mi propia culpa, mucho por
que me han hecho sentir que lo soy. Me han golpeado, sabes, me han
dado duro golpes en eso que le llaman sentimiento. Nó se por qué; pero
si sé que a veces, cuando me examino el alma, la siento un poco
quebrada. Y tú me has aliviado, simplemente, de la manera mas sencilla,
has puesto parchecitos allí por donde se me salía el ánimo, donde yo
mas lo necesitaba.

No, vida mía, nunca vayas a pensar que te puedo cambiar por una extraña. Echa de tu cabeza esas ideas flasfemas y mírame, mírame
quietamente con esos ojos tuyos que tanta falta me hacen en las mañanas y dime que tu
tampoco me vas a olvidar aunque sea nunca. El del miedo debería ser yo, ya que siempre tienes un disfraz de ángel, y con el cual
has de dejarle chiquitos los ojos a todos cuantos te vean.

He descubierto que tu eres la mejor compañía que yo he encontrado.
No me vayas a llorar si me muero de amor por ti.

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