Cae la noche y vienen los grillos a defenderla, hace días el otoño se volvió un estado de ánimo, ahí, en la profundidad de las cosas simples y es cuando comienzas a jugar con la noche en una copa de vino y en una melancolía, de esa que tiene la afinidad de tener el alma teñida de azul. Es jueves con una capa inestable de elasticidad y me siento como el aire que sopla en las ramas de los árboles después de tanto lamerme las heridas del vacío tan profundo que he de sentir.  A veces es necesario contar historias hasta encontrar la nuestra pero sigo jugando con la noche mientras el alboroto del desorden invade mi plexo mental junto con el laberinto del tiempo para este insomne soñador.

Siempre estoy aquí, importándome con quién y no cómo, cuándo, dónde ni por qué. En estas noches de cometa, se incendia el cielo de terciopelo que cubre algún cuadrante de la noche veladora donde los pensamientos, esos bonitos que tengo de ti, son como soplidos para apagar el incendio que mi mente alberga así que de ti no me muevo.

Es una mañana nueva, un día nuevo en la misma vida y comienzo a caminar, no sé a dónde pero por cada piedra que se me mete al zapato, siento que me llevo puesto algo del camino. He aprendido que el momento ideal podría sencillamente no existir en esta gran indiferencia del tiempo. Durante el camino el cielo está pálido como si no tuviese ánimos de sonreír y el sol parece que no sale para mí, estoy deshecho de angustia y remordimiento, pensando como diseccionar este trillón de suspiros lejanos mientras la ola de la lluvia me arrebata a la niebla del lugar distante.

Me desangro unánime sobre construcciones que se han vuelto reliquias, los océanos se pierden sobre mis sentidos ahora reducidos al tácito; unánimes esquivos escondites placenteros que corroen mis dedos destructivos entre veredas imaginarias de caminos en los que me gustaría ser feliz caminando de tu mano.

‘Dicono che il mare sia profondo.
Allora prova ad immergerti in una persona,
A toccarne i limiti,
Scrutarne i confine,
Sfiorarne i margini’.