Miro la calle profunda y vacía, con ella se fueron los recuerdos de otros días que han pasado hace muchos años. La nostalgia, la añoranza de sentir la calma que invadía mi corazón, la misma que no supe aprovechar. Una ligera capa de neblina cubre las cumbres en mi horizonte, como cuando estábamos caminando cuesta abajo de la mano, en medio de la noche, con una ligera dosis de cerveza corriendo por las venas, en ese momento sólo podía pensar que qué pasaría si alguien decide atacarnos, ¿El alcohol inhibiría mi agilidad física para defendernos del ataque o sería lo suficientemente capaz para hacerle guerra?

No lo sé, siempre he pensado en el hecho de si soy capaz para hacer las cosas que me propongo, anteriormente solía hacerlas con gran facilidad pero a lo largo de la calle me fui haciendo más viejo y con el tiempo, he ido fallando en cada una de las metas que me he fijado. Sigo latente en la más grande y espero que no termine por derribarme.

Miro al espejo, las manchas en mi cara que me han acompañado en los últimos años, sobre todo desde que se murió mi papá y reflexiono sobre el cambio tan latente de mi forma de vivir, de mi forma de ver rostros observándome en la noche, de mi forma de digerir la tristeza. El habitar en mí jamás había sido tan hostil como lo es en este presente y pienso que estoy marcado para siempre, en un proceso que parece nunca terminante de cicatrización.

¿En dónde están las memorias? Quisiera escribirlas en un libro de esos de ‘autobiografía’, son muy bonitos porque siempre son verdades hechas mentira para corregir las cosas que hubieramos hecho diferentemente.

Miro la calle profunda y vacía, indeciso entre seguir los recuerdos o meterme a la casa.

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