A veces escribo porque no tengo nada interesante que decir, sino porque en ciertas postergaciones así se te puede pasar el tiempo. Otras veces lo hago porque necesito retratar mi mundo; esos instantes en mi mundo que quiero sostener en mis manos. Otras «veces» simplemente lo hago como una forma de mimetizar aquello que queda de mí.

A veces escribo para evitar circos verbales, y para darle cobija a mis palabras más recién llegadas; a veces lo hago porque en el computador la tinta es infinita y la saliva no. A veces escribo ligero para dejar que el viento desordene mis ideas y las lleve a donde quiera, y a veces lo hago de forma sucia para llenar con lodo todas las fisuras de silencios encarnados, para quitarme de la punta de los dedos esa comezón que me provocan. Rara vez escribo con censura, por más tiempo que lleve arrinconando mis palabras.

No siempre lo hago con ímpetu o frenesí, pero siempre, siempre que escribo tengo las ganas y sobre todo, más que escribir con la intención de que me leas, escribo con la esperanza de que algún día te me aparezcas.

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